Un grupo de 25 profesionales de la educación y del ámbito psicosocial —profesores, psicólogos, terapeutas ocupacionales y trabajadores sociales— se reunió en la ciudad de Santiago de Compostela para participar en un curso intensivo que forma parte del Diplomado Internacional en Pedagogía del Vínculo y el Bienestar Escolar, impartido conjuntamente por académicos de la Universidad de Santiago de Compostela y de la Universidad Andrés Bello. Más que una instancia de actualización teórica, la pasantía se vivió como una experiencia formativa que invitó a detenerse, mirar la escuela desde otro lugar y preguntarse qué condiciones hacen posible que aprender sea realmente una experiencia humana y significativa. El programa contó con la participación de los académicos Agustín Dosil, Aixa Permuy, Cecilia Otero, Siro López, Rosa Suárez, Joaquín Dosil, Nicolás Torres Gamez e Ignacio Muñoz Delaunoy.
¿Que es lo que quisimos lograr con este programa? Cambiar la mirada de los educadores, instalando una idea central que nos parece seminal: en la escuela no aprendemos solo con la cabeza. Aprendemos con todo el cuerpo, con la historia emocional que cada niño y niña trae consigo y con los vínculos que se construyen día a día. Esta convicción, nos tiene que obligar a resignificar conductas que suelen interpretarse como desinterés, falta de motivación o desafío a la autoridad. Invitamos a nuestros alumnos a entender los desafíos diarios a la convivencia no como infracciones (aunque a veces lo sean) sino como la respuesta de un sistema nervioso que no se siente seguro….
Cuando el aula es ruda y transforma en algo habitual miedo, la amenaza o la humillación, el aprendizaje se bloquea porque cerebro busca protegerse antes y deja de explorar y comprender. El desafío que tenemos, en esos casos, es dejar de poner el foco en lo que hacen los estudiantes y comenzar a preguntarnos cuáles son las emociones que soportan su conducta y cómo podemos trabajar con ellas para reparar lo que está dañado y para ayudarlos a crecer.
Quisimos invitar a los profesores y profesionales que participaron en este programa a formularse una pregunta seminal: ¿qué tipo de experiencia emocional estamos ofreciendo a los niños y niñas en nuestras salas de clases? y ¿qué responsabilidad tenemos en la configuración del clima que da tono y color a la experiencia de la vivencia subjetiva que ellos tienen a diario? La responsabilidad es grande y es nuestra, porque un aula que cuida los vínculos no surge de manera espontánea; es un espacio que tiene ser construido de forma intencionada por los adultos responsables. En ese proceso, lo más relevante no se sostiene en grandes discursos pedagógicos ni en declaraciones de principios, sino en la trama fina de lo cotidiano. Invitamos a los participantes del programa a reconocer que es con las cosas pequeñas con las que vamos modelando el clima afectivo del aula: lo hacemos cuando cuidamos el tono con que se habla, en la forma como respondemosal error, en nuestra capacidad para abordar los conflictos como oportunidades para crecer, en la disposición para construir las normas que rijen la vida junto a los estudiantes, en la capacidad que tengamos para crear un espacio real en el que los niños y niñas puedan ser escuchads sin quedar expuestos.
Son gestos pequeños, muchas veces invisibles, pero decisivos, porque configuran el clima emocional que sostiene —o dificulta— cualquier posibilidad de aprendizaje.
Los invitamos a ampliar un poco el perimetro de comprensión de eso que llamamos “clima de aula”, entendiendo que toma cuerpo ahí no son solo procesos relacionales. Un aula es también un espacio emocional y un espacio físico que debe ser utilizado con intención pedagógica: el espacio, la organización del tiempo, las formas de participación y la manera en que se estructuran las relaciones también comunican y educan. Todo entorno o espacio de aprendizaje, de hecho, lo hace: antes de que comience una clase, el aula ya ha transmitido mensajes sobre quién puede hablar, cómo se aprende y qué se valora. Desde esta comprensión, la creatividad pedagógica tiene que dejar de pensarse como la búsqueda de actividades novedosas y tiene que entenderse como el diseño consciente de experiencias que favorezcan la participación, el compromiso y el sentido.
Ahí es donde tenemos que lucirnos los/las profesores: tomando decisiones sobre cómo organizar el aula, habilitar el movimiento, poblar enriquecer los lenguajes, para impactar en la vivencia emocional de nuestros estudiantes (y de nosotros mismos).
La guinda de la torta: lo que buscamos con este programa es que nuestros alumnos tengan muy claro que las emociones no ocupan un lugar secundario en el proceso de aprendizaje.
La escuela está atravesadas en cada rincón, en cada momento, por emociones, se las nombre o no. Y cuando esas emociones no encuentran un espacio para ser reconocidas, suelen expresarse de manera disruptiva o defensiva. Hay que incorporar ese driver en nuestra cabeza de una buena vez y dejar de trabajar solo con el cortex prefrontal de los estudiantes. Tambián hay que ampliar el perímetro de nuestras obligaciones en otro sentido: educar desde el vínculo no implica eliminar la frustración ni evitar el conflicto, sino ofrecer herramientas para experimentar esos momentos, que son parte orgánica de la vida, sin que se transformen en bloqueo, agresión o abandono del proceso educativo. Ahí es donde nos tenemos que lucir, como profesores: en el acompañamiento cotidiano y en la forma en que sostenemos cuando algo se quiebra…
Al finalizar esta experiencia, que fue vitalizadora para todos, convergimos en un aprendizaje compartido: educar para el bienestar no significa añadir algo nuevo a la tarea docente, sino revisar cómo estamos habitando la escuela. En esa revisión se juega la posibilidad de construir salas de clases donde aprender no sea una experiencia de amenaza, sino de confianza; donde el error no nos paralice, sino que abra caminos; y donde el vínculo no sea un complemento, sino el corazón mismo del acto educativo.