En una reunión realizada en la sede Los Leones de la Universidad Andrés Bello, encabezada por Jorge Azzario por el Tecnológico de Monterrey e Ignacio Muñoz Delaunoy por la UNAB, se formalizó una alianza entre el Instituto para el Futuro de la Educación y el área de Educación Continua de la Facultad de Educación y Humanidades. Esta colaboración dará origen al programa de Pasantía Internacional “Docencia e Inteligencia Artificial: Nuevos Horizontes para la Educación”, que se desarrollará en enero de 2027 en Monterrey, México.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa no es un cambio más: es un quiebre. Por primera vez en la historia, actividades que considerábamos profundamente humanas —gestionar conocimiento, crear ideas, resolver problemas, construir sentido, enseñar— pueden ser realizadas por sistemas no humanos, que operan con una eficacia que ya no podemos ignorar. La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial impactará la educación, sino cómo y quién definirá el alcance de ese impacto. Porque la IA no va a esperar a que el sistema educativo reaccione: puede pasar por encima de él, redefiniendo el valor de lo que hacemos, o puede convertirse en la herramienta más poderosa que hayamos tenido para transformar el aprendizaje. La diferencia no está en la tecnología. Está en nosotros.
¿Qué implica todo esto para la función docente, que es el tema de la Pasantía Internacional que estamos estrenando?
Durante mucho tiempo hemos entendido —y también justificado— nuestro rol como el de transmisores de contenidos relevantes, especialistas en seleccionar, organizar y comunicar información valiosa a los alumnos con el propósito de formarlos como profesionales competentes, seres humanos integrales, individuos capaces de desenvolverse en el mundo. Esa concepción se tradujo en prácticas que han cambiado poco a lo largo del tiempo explicar, exponer, orientar, entregar derroteros que ayuden a los estudiantes a avanzar en sus procesos de aprendizaje…
Cuando irrumpieron las nuevas tecnologías de la información, ese modelo se vio tensionado, pero no lo suficiente como para que sufriera una transformación real. Internet y los dispositivos móviles democratizaron el conocimiento. De un día para otro la información dejó de ser un bien escaso —cuya administración dependía esencialmente de nosotros—, y nuestro rol como curadores de los valores científicos y culturales se diluyó, en un mundo en que las fuentes posibles de información y formación se han diversificado, convirtiendo nuestra labora de mediación en solo una más. ¿Cómo reaccionamos a esta amenaza? Lo que hicimos que abrir un poco las fronteras de nuestra parcela profesional, pero en un nivel más discursivo que real, porque en lo esencial, lo que hemos hecho es adoptar nuevas herramientas para seguir haciendo lo mismo de sienpre: incorporamos herramientas, digitalizamos recursos, ampliamos el acceso, pero no cuestionamos de fondo el rol que heredamos del mundo premoderno.
Hoy, con la llegada de la inteligencia artificial generativa, esa continuidad ya no es sostenible, porque no estamos frente a una herramienta más eficiente para acceder a información, como lo fue internet en su momento. Estamos frente a algo cualitativamente distinto: por primera vez, sistemas no humanos pueden realizar tareas que históricamente considerábamos propias de sujetos formados (redactar, explicar, argumentar, resolver problemas, proponer ideas, incluso enseñar de manera plausible, ajustando la experiencia al ritmo de aprendizaje de cada estudiante).
Esto nos obliga a revisar no solo lo que hacemos, sino cómo entendemos lo que hacemos. Porque si una parte importante de nuestra labor —transmitir, explicar, organizar conocimiento— puede ser realizada por estos sistemas alternativos, entonces la pregunta de fondo es inevitable: ¿qué significa enseñar en este nuevo escenario? ¿cuál es, ahora, el valor insustituible del docente?
Hay algo que sabemos sobre esto: la suerte no está echada… La inteligencia artificial puede estandarizar o potenciar la creatividad; puede simplificar o profundizar el aprendizaje; puede hacer más valiosa y potente nuestra labor o volverla superflua. Nada de eso está escrito de antemano. Que sea lo uno o lo otro va a depender de una decisión bien simple: nosotros podemos adoptar una posición pasiva y dejar que otros —tecnólogos, plataformas, mercados— definan el futuro de la educación; o podemos asumir un rol activo, apropiarnos de estas herramientas y liderar su integración desde una perspectiva pedagógica, ética y profundamente humana.
Creamos la pasantía internacional “Docencia e Inteligencia Artificial: Nuevos Horizontes para la Educación” como una invitación a tomar posición, a liderar los cambios que están teniendo lugar, que van definir el tipo de educación que van a recibir los estudiantes en el mundo que está emergiendo.
Por Ignacio Muñoz Delaunoy