Este 26 de enero se dio inicio en la Universidad de Burgos al curso intensivo de alta especialización “Herramientas Teóricas y Prácticas para la Inclusión del Alumnado autista en su Etapa Escolar”, un programa de formación que nace de la colaboración entre la Universidad de Burgos, la Fundación Miradas y el Diplomado de Inclusión Educativa y Social de Personas con la Condición del Espectro del Autismo de la Unab. La jornada inaugural, en las dependencias de la Universidad de Burgos, contó con la presencia de Miguel Gómez Gentil, director de la Fundación Miradas, y los académicos de la Unab, Lilia Siervo, Nicolás Torres Gámez e Ignacio Muñoz Delaunoy. El programa contempla una etapa presencial intensiva en España, con formación teórica y visitas a centros que desarrollan buenas prácticas, seguida de una fase de trabajo individual, en la que cada participante elaborará un Proyecto de Innovación contextualizado en su propia comunidad educativa. Este proyecto será defendido en junio, marcando el cierre del ciclo formativo.
Este programa no es solo una instancia académica, sino una apuesta ética y política por una inclusión escolar seria, comprometida y consciente de su complejidad, que busca traducir el mandato de la Ley TEA (21.545) en prácticas reales dentro de las escuelas, capaces de generar bienestar, participación y oportunidades genuinas de aprendizaje para todos los estudiantes.
Escuelas que aún no están preparadas
Hablar de inclusión educativa en Chile exige reconocer, con honestidad, las tensiones que persisten entre el marco legal que la promueve y las condiciones reales en las que muchas escuelas operan. La promulgación de la Ley TEA ha sido un hito importante, al colocar en la agenda pública el derecho de las personas autistas a una educación que respete sus necesidades y potencialidades. Sin embargo, el reconocimiento legal, por sí solo, no transforma las prácticas ni las culturas escolares. Las leyes abren caminos, pero no los recorren por nosotros.
Muchas escuelas aún no están preparadas. Y no porque les falte voluntad a los profesionales que les dan vida, sino porque enfrentan una acumulación de obstáculos estructurales que no han sido remontados. Faltan profesionales con preparación específica para trabajar con este alumnado, que se despliega en un espectro de particularidades que es super rico y amplio. Faltan espacios físicos pensados desde la accesibilidad sensorial y emocional. Pero, por sobre todo, falta una transformación profunda en la manera en que concebimos el aprendizaje y el trabajo con la diversidad en ecosistemas escolares que siguen operando bajo lógicas normativas que asumen la existencia de un estudiante “tipo”, con un ritmo de aprendizaje homogéneo y formas acotadas y un poco pobres de ejemplificar lo que es culturalmente deseable.
¿Qué pasa cuando hacemos obligatoria la incorporación de niños y niñas autistas en los espacios naturales de formación. El aula regular puede transformarse en un espacio maravillosa para el crecimiento compartido, cuando hay preparación, apoyos, flexibilidad y apertura. Cuando no es así, sin embargo, puede convertirse en una fuente de estrés para muchos niños con autismo. Las luces intensas, los ruidos imprevistos, la simultaneidad de estímulos, los códigos sociales tácitos, las instrucciones ambiguas, todo se suma hasta configurar una experiencia que, lejos de habilitar, excluye. Y cuando los apoyos no llegan, o lo hacen de forma tardía e insuficiente, el costo no se mide solo en términos de rendimiento académico. Se mide en términos de bienestar emocional, de autoestima, de posibilidad de pertenecer.
La paradoja es evidente: se puede estar “dentro” de la escuela y, al mismo tiempo, estar completamente fuera de la experiencia educativa significativa. Por eso, más allá de la normativa, lo que está en juego es una ética de la responsabilidad: ¿estamos dispuestos a cuestionar nuestras estructuras y prácticas para acoger verdaderamente a todos los estudiantes? ¿Podemos aceptar que, si no hacemos esos cambios, la inclusión corre el riesgo de ser solo un espejismo bienintencionado?
El valor transformador de una inclusión bien hecha
Una inclusión bien hecha nos obliga a expandir el horizonte de nuestros deberes en la escuela: ya no basta con compartir saberes, es necesario diseñar entornos donde todos los estudiantes puedan participar, aprender y sentirse reconocidos. Ese camino comienza con la construcción de climas socioemocionales seguros, que permitan a los estudiantes con TEA anticipar, comprender y afrontar las situaciones escolares con confianza. Supone ofrecer apoyos ajustados a sus necesidades específicas: sistemas de comunicación alternativa, apoyos visuales, espacios de regulación sensorial y acompañamiento individualizado. Pero, por sobre todo, requiere tejer relaciones humanas sustentadas en la empatía, el respeto y la aceptación incondicional.
¿Qué pasa cuando logramos configurar climas socioemocinales como los descritos? Cuando esto ocurre, los estudiantes con autismo avanzan. Desarrollan habilidades académicas, sociales y emocionales. Se sienten parte. Pero no son los únicos que ganan con esto: también lo hacen sus compañeros y compañeras que prenden a mirar al otro reconociendo el valor la diferencia, aprenden a convivir con los distintos; aprenden a valorar otras formas de ser y estar.
Inclusión bien hecha significa dejar de preguntar “¿puede este niño adaptarse a la escuela?” y comenzar a preguntarnos “¿qué necesita esta escuela para poder ser habitable para este niño?”.
Formación para transformar la práctica
El programa que estrenamos hoy busca ayudar a los centros formativos a vivir este proceso virtuoso de transformación que necesita nuestro país: es una experiencia de aprendizaje pensada para interpelare inspirar a quienes tienen en sus manos la tarea de hacer que la inclusión cobre vida en las prácticas cotidianas de los centros escolares.
No entrega fórmulas. Invita a mirar de otro modo. A contrastar la realidad de nuestras escuelas con prácticas exitosas desarrolladas en otros contextos. A reconocer que no hay soluciones universales, pero sí principios comunes: el respeto por la singularidad, la flexibilidad didáctica, el trabajo colaborativo, la planificación estratégica, el diálogo con las familias, la valoración del bienestar como centro del aprendizaje.
Recorrer el camino de la transformacion que estamos alentando es exigente. Implica revisar nuestras prácticas, confrontar nuestras limitaciones, y sostener procesos en contextos muchas veces adversos. Pero también es un camino que renueva el sentido de nuestra labor como educadores. Porque cuando logramos que un estudiante con autismo se sienta parte, cuando vemos florecer una experiencia de aprendizaje significativa, cuando una familia encuentra en la escuela un lugar de acogida y no de batalla, entonces comprendemos que la inclusión no es solo una meta educativa: es una forma de construir un mundo más justo.