Reflexiones desde la Inauguración del Año Académico 2026
Facultad de Educación y Humanidades — Casona de las Condes, 23 de abril de 2026
La Facultad de Educación y Humanidades inauguró su año académico con una clase magistral del Dr. Horacio Walker que vino a reforzar una convicción que ya orienta nuestro quehacer: la formación de profesores debe responder a los cambios que están transformando las aulas y las escuelas chilenas, cambios que se aceleran con una intensidad que no podemos ignorar.
La diversidad ya no es la excepción — es el punto de partida
El 80% de los estudiantes en colegios públicos pertenece a alguna categoría de diversidad, cifra que alcanza el 60% en establecimientos particulares subvencionados. Más de 275.000 estudiantes extranjeros integran hoy nuestras aulas, con historias, lenguas y trayectorias que eran impensadas hasta hace pocos años.
¿Qué implica todo esto?
El concepto del “estudiante promedio” es, sencillamente, un mito. Y la formación de profesores debe estar a la altura de esa realidad.
No se trata de incorporar asignaturas puntuales sobre necesidades educativas especiales o inmigración. Se trata de algo más estructural: el futuro docente debe formarse desde el principio en diseño universal para el aprendizaje y en mediación intercultural, comprendiendo que la diversidad no es un apéndice de la práctica pedagógica, sino su punto de partida.
En nuestra Facultad hemos asumido esta premisa. Las innovaciones curriculares que hemos impulsado, así como los espacios formativos abiertos a través de nuestros diplomados, dan cuenta de un compromiso concreto con esta realidad.
Y sabemos que el trabajo no termina aquí. Los fenómenos sociales, culturales y educativos seguirán evolucionando con una velocidad que desafía cualquier planificación estática. Nuestra responsabilidad es mantener una mirada atenta y dispuesta a aprender, para que nuestra formación docente no solo responda al presente, sino que anticipe lo que aún está por emerger.
Cuidar a quien cuida: el bienestar docente
El rol del profesor está cambiando (y con él, su lugar en la escuela). La autoridad docente ya no se da por sentada: los estudiantes otorgan menos legitimidad a la figura del profesor, y los códigos de convivencia que alguna vez ordenaron la vida escolar parecen haberse roto.
Las cifras son elocuentes.
Se ha producido un aumento exponencial en la violencia contra docentes, con 4 de cada 10 profesores reportando agresiones, no es un dato menor. ¿Qué consecuencias siguen de esto? Lo que tenemos al frente no es una anomalía estadística. Es la evidencia de que la escuela se ha vuelto socialmente más complejas. Tenemos que aceptarlo y tomar cartas en el alumno, formando a nuestros egresados para desempeñarese entornos de alta fricción social.
Si la formación inicial no incluye el desarrollo de competencias emocionales —resolución de conflictos, construcción de vínculos y cuidado de la salud mental en contextos de alta exigencia— los nuevos docentes llegarán al aula sin las herramientas necesarias para sostenerse. El resultado previsible es el agotamiento y, con él, el abandono prematuro de la profesión (un tema que tiene que preocuparnos).
Como Facultad, tenemos tanto la responsabilidad como la capacidad de incidir en esto. Preparar docentes emocionalmente competentes, capaces de cuidarse a sí mismos para poder cuidar a otros, es parte central de la misión que hemos asumido. No podemos formar para el aula ideal. Debemos formar para el aula real.
Construir comunidad
Los números al interior del aula son igualmente desafiantes: 27,7% de inasistencia grave y un 64% de estudiantes de 6° básico que reportan situaciones de bullying. ¿Qué significa esto? Más de la mitad de los/las niños se siente inseguro frente a sus pares y muchos de ellos prefiere quedarse en la casa .
¿Cómo se enseña en ese contexto? ¿Cómo se aprende?
La respuesta es que no se puede enseñar cuando el aula ha perdido ha dejado de ser un lugar seguro, en el que dan ganas de estar. Y eso cambia radicalmente lo que la formación docente debe priorizar. Antes que expertos en contenidos, necesitamos que las/los educadores se transformen en personas capaces de construir vínculos, de construir comunidadad y recuperar la pertenencia.
Eso también se forma. Eso también se puede enseñar. Y es urgente que lo hagamos.
El imperativo de una formación situada
Los datos de la Superintendencia de Educación y del Mineduc nos ofrecen una brújula, que nos tiene que guiar, que apunta hacia una dirección: la formación de profesores debe anclarse en contextos reales, no en aulas ideales que ya no existen.
Eso nos obliga a fortalecer un trabajo que ya estamos haciendo, con convicción renovada: preparar docentes para el Chile de hoy significa dotarlos de resiliencia, capacidad de adaptación y, sobretodo, de una sensibilidad especial para leer las realidades emergentes ya están en las calles de nuestro país (y en el aula).
Por Ignacio Muñoz Delaunoy