Hay problemas que se resisten a ser leídos desde una sola disciplina. El agua es, quizás, el más elocuente de todos ellos. Se la puede medir con un caudalímetro y modelar con ecuaciones diferenciales, pero esa misma agua —la que baja por una cuenca hacia una comunidad, una faena minera, un predio agrícola y una escuela rural— es, al mismo tiempo, derecho, conflicto, cultura y territorio. Precisamente sobre esa doble naturaleza reflexionó durante dos semanas la comunidad académica que convergió en la sede Los Leones de la Universidad Andrés Bello, en el marco de la fase presencial del Máster Universitario en Hidrología y Gestión de Recursos Hídricos, programa conjunto de la Universidad de Alcalá de Henares y la Universidad Rey Juan Carlos.
Durante dos semanas, la Universidad Andrés Bello recibió en su sede Los Leones a estudiantes de España y de varios países de Latinoamérica. Fue la parte presencial del Máster en Hidrología y Gestión de Recursos Hídricos, un programa que dictan en conjunto la Universidad de Alcalá de Henares y la Universidad Rey Juan Carlos, ambas de España. La UNAB los apoyó organizando esta actividad académica en Chile, liderada por el área de educación continua de la Facultad de Educación y Humanidades y de Ingeniería.
El agua parece un asunto técnico. Se puede medir, calcular y modelar. Pero el agua es mucho más que eso: es un derecho, es fuente de conflictos y es parte de la vida de las comunidades. Una cuenca —el territorio por donde baja el agua hacia los pueblos, las empresas y los campos— reúne al mismo tiempo problemas de ingeniería, de economía, de organización del territorio y también de educación.
Por eso este máster necesitaba más de una mirada. En la UNAB, dos facultades que rara vez trabajan juntas se unieron para organizar la actividad. Hubo clases con docentes europeos y chilenos, talleres y visitas a empresas e industrias relacionadas con el agua. La idea era simple: contrastar la teoría con la realidad de una región donde el agua muchas veces escasea y se disputa.
Aquí está el punto central. Administrar el agua en una cuenca no es solo construir buenas obras o dictar buenas leyes. Es, sobre todo, lograr que muchas personas se pongan de acuerdo y mantengan ese acuerdo en el tiempo. Y ponerse de acuerdo no se ordena: se aprende.
Ese aprendizaje empieza en la escuela. Una comunidad que entiende que el agua es un bien de todos y que es escasa, aprende también a conversar y a decidir sobre cómo cuidarla. Ese tipo de comunidad puede sostener acuerdos que ninguna obra de ingeniería, por buena que sea, logra reemplazar. La escuela forma a las personas que algún día tomarán esas decisiones.
El director de Educación Continua de la Facultad de Educación y Humanidades de la UNAB, Ignacio Muñoz Delaunoy, compartió una invitación a los asistentes de esta actividad académica (todos ellos profesionales destacados que se desempeñan en empresas de Europa y Latinoamerica o lideran servicios públicos):
«Cuando una empresa se instala en un territorio, pasa a formar parte de esa cuenca: de sus aguas, de sus problemas y de su gente. Por eso apoyar a las escuelas de esas zonas no es un regalo ni un gesto adicional: es invertir en la comunidad misma que hará posible, o imposible, que la empresa funcione en el largo plazo. Una escuela que forma niños y jóvenes capaces de entender que el agua es un bien común y escaso, que debe cuidarse para beneficio de todos —empresas y comunidad—, está construyendo algo sin lo cual no hay gestión del agua que dure. Formar esa cultura del agua desde la escuela es, quizás, lo más importante de todo.»
La invitación apunta a cambiar la forma habitual en que las empresas se relacionan con las comunidades donde operan. Por lo general, esa relación se entiende como ayuda: la empresa aporta recursos, mejora una infraestructura, financia un proyecto, y con eso se considera que cumplió. Pero ese modelo, aunque bienintencionado, deja a la comunidad en un lugar pasivo, como quien recibe. Lo que propone Muñoz Delaunoy es distinto y más exigente: entender la relación como una alianza en la que la escuela cumple un rol que ningún otro actor puede cumplir.
Porque la escuela no solo recibe. También produce. Y produce, además, aquello que la gestión del agua más necesita y que no se puede comprar ni construir con una obra: una cuenca donde el agua es escasa exige que muchas personas —vecinos, agricultores, empresas, autoridades— se pongan de acuerdo y sostengan ese acuerdo durante años y eso solo va a ser posible si existe una comunidad capaz de conversar sobre lo que es de todos, de comprender por qué el agua debe cuidarse y de decidir en conjunto sobre su uso. Esa capacidad no aparece sola: se forma, y se forma en la escuela. Por eso apoyar a las escuelas de un territorio no es un gesto que se agrega a la operación de una empresa: es cultivar la base misma sobre la cual esa operación podrá sostenerse. La escuela deja de ser el destinatario de una ayuda y pasa a ser la fábrica silenciosa del acuerdo que hace posible que todos —empresas y comunidad— compartan el agua.
Esta experiencia llevada adelante por tres universidades, que congregó el trabajo conjunto de dos de nuestras facultades, muestra un desafío importante para las universidades de hoy: .os grandes problemas —el agua, el clima, la convivencia, la salud— no caben dentro de una sola carrera ni de una sola facultad. Que dos facultades muy distintas de la UNAB hayan trabajado juntas, sumando ingeniería, territorio, economía y educación alrededor del agua, muestra hacia dónde debe avanzar la formación universitaria: hacia el trabajo en equipo entre disciplinas diferentes.
Formar personas capaces de tomar buenas decisiones técnicas y, a la vez, de construir acuerdos con la comunidad es quizás lo mejor que dejaron estas dos semanas. Y también un recordatorio, comentó el académico Álvaro Cepeda, de la Facultad de Ingeniería:
«Como ingenieros aprendemos a resolver problemas construyendo cosas: una represa, un canal, una planta de tratamiento. Pero el agua nos enseña algo que los números no dicen. Hasta la mejor obra falla si la comunidad que vive a su alrededor no la entiende ni la cuida. Por eso, muchas veces, la solución más sostenible no está solo en construir infraestructura, sino en formar capacidades desde la escuela. Ese trabajo toma tiempo y requiere continuidad, pero es el que permite generar cambios más profundos y duraderos».