Puerto Varas, 27 de octubre de 2026
Con una ceremonia realizada en Puerto Varas se dio inicio al programa A Convivir se Aprende en la provincia de Llanquihue. La iniciativa, desarrollada por la Universidad Andrés Bello (UNAB), acompañará a los establecimientos públicos dependientes del Servicio Local de Educación Pública (SLEP) de Llanquihue para fortalecer el trabajo que realizan en materia de convivencia escolar.
La ceremonia fue encabezada por el Seremi de Educación de la Región de Los Lagos, Dalmiro Yáñez; la Directora Ejecutiva del SLEP de Llanquihue, Claudia Trillo; y el Director de Educación Continua de la Facultad de Educación y Humanidades de la UNAB, Ignacio Muñoz Delaunoy, quien dirige el proyecto. Asistieron, además, diversas autoridades regionales y el equipo académico de la UNAB a cargo de la iniciativa —Misael Letelier, Marcelo Chávez y Nicolás Torres—, junto a directores y equipos de convivencia de establecimientos de Puerto Varas y Frutillar, tanto dependientes del SLEP como particulares subvencionados.
El lanzamiento se enmarca en un cambio profundo en la manera de entender qué significa educar, que el Ministerio de Educación impulsa a través de la nueva Política Nacional de Convivencia Educativa. Durante décadas, el sistema escolar puso el acento casi exclusivamente en los aprendizajes y las competencias. Esa seguirá siendo una tarea esencial, pero hoy se reconoce que la escuela es mucho más que un lugar donde se enseña: es también un lugar donde se vive, donde niños, niñas y jóvenes construyen su identidad y aprenden a relacionarse con personas distintas a ellos. En ese espacio, todo educa: cómo se enfrenta un conflicto, cómo se acoge a quien se siente diferente, cómo nos tratamos unos a otros.
Vale la pena detenerse en esa idea —todo educa—, porque condensa buena parte del cambio. Significa que los estudiantes no aprenden únicamente de los contenidos que se les enseñan en una clase, sino también, y quizás sobre todo, de lo que viven cada día en la escuela: del modo en que los adultos resuelven una diferencia, de cómo se recibe al que llega, de si se sienten escuchados cuando algo les duele, del tono con que se habla en los pasillos. Junto al currículum explícito opera uno silencioso —hecho de gestos, de clima y de relaciones— que enseña a ser, a estar y a convivir. La consecuencia es exigente: nada en la vida escolar es neutro. La convivencia siempre está educando; la pregunta es si lo hace bien o mal, al azar o con intención. Por eso cuidarla deja de ser un asunto accesorio y se vuelve parte del corazón de la tarea pedagógica.
El giro que propone la política es dejar atrás una mirada centrada en el control para avanzar hacia un enfoque formativo, preventivo y restaurativo. No se trata de renunciar a las normas ni a los límites, sino de ampliar la responsabilidad de la escuela: cuando un estudiante se equivoca o estalla un conflicto, la tarea no termina al aplicar una sanción, sino que se prolonga al enseñar a reconocer el daño, a asumir responsabilidades y a reparar los vínculos. Prevenir es construir cada día las condiciones para que los conflictos sean menos y más leves; reparar es, cuando ocurren, recomponer las relaciones en lugar de limitarse a castigar.
Ese cambio trae consigo un segundo desplazamiento, quizás el más exigente: el cuidado, el bienestar y la inclusión dejan de ser tarea de una sola persona o de una oficina y pasan a ser una responsabilidad de toda la comunidad educativa. En ese marco, el coordinador de convivencia adquiere un papel decisivo: ya no como quien recibe y resuelve los problemas por sí solo, sino como quien articula el trabajo de profesores, directivos, equipos de apoyo y familias, y moviliza esfuerzos que muchas veces se encontraban dispersos.
Y en el corazón de esta apuesta hay una convicción: la buena convivencia no se supone ni se improvisa, se enseña.
«Nos hemos planteado que la buena convivencia es un contenido educativo: algo que se enseña. Y si es un contenido que se enseña, entonces hay que abordarlo con la misma seriedad y el mismo rigor con que enseñamos matemáticas o lenguaje. Ese es, precisamente, el desafío».
El director del proyecto, Ignacio Muñoz Delaunoy, situó ese desafío en el trabajo cotidiano de las escuelas, más allá de las reformas y los documentos.
«Las leyes pueden fijar horizontes, pero ninguna cambia por sí sola lo que ocurre un lunes por la mañana dentro de una sala de clases. Ese cambio se juega en los detalles del día a día: cuando un profesor aborda un conflicto como una oportunidad de crecimiento, cuando una familia deja de sentirse juzgada y comienza a sentirse acompañada, cuando un estudiante descubre que hay adultos que lo conocen, lo escuchan y se preocupan por él. Nuestro desafío es ayudar a que esos momentos ocurran más seguido».
Tras la ceremonia se desarrolló la primera jornada de trabajo con los establecimientos, dedicada a construir una línea de base —un diagnóstico inicial— sobre el estado de la convivencia en la región. En ella se destacó la calidad del trabajo que las comunidades educativas ya vienen realizando en esta área y su conciencia respecto de los objetivos de una política que transforma la convivencia en un componente pedagógico del aprendizaje, y no en una acción de control.
Marcelo Chávez, académico de la UNAB que estará a cargo de las jornadas territoriales, compartió una de las principales lecciones del trabajo en terreno.
«Después de más de 700 capacitaciones realizadas en terreno, dentro de los propios establecimientos, aprendimos algo que hoy guía nuestro trabajo: frente a un cambio, nunca se parte de cero. Cada escuela ya tiene mucho avanzado, y la tarea es construir sobre eso —con criterio y paso a paso—, respetando el camino que cada comunidad ya trae».
Con esa mirada, el programa A Convivir se Aprende busca acompañar la transformación de la convivencia escolar desde la universidad: en terreno, junto a las escuelas y al servicio de sus comunidades.