Por qué conviene leer juntas las tres nuevas leyes que llegaron a la escuela.
Tres leyes que transforman la convivencia educativa en Chile
Casi al mismo tiempo, las escuelas chilenas recibieron tres leyes nuevas. Una pide cuidar la convivencia y el buen trato; otra, guardar los celulares durante la jornada; una tercera, mover el cuerpo al menos sesenta minutos al día. Vistas sobre el escritorio, en tres carpetas distintas, parecen tres tareas más que se suman a una lista ya larga, y es comprensible que muchos equipos las reciban con cierto cansancio: ¿de dónde vamos a sacar el tiempo?
Vale la pena detenerse antes de responder, porque esa primera lectura —tres exigencias separadas— es, probablemente, la que más trabajo da y menos cambio produce. Si cada ley se convierte en un proyecto con su encargado, su carpeta y su calendario, la escuela termina administrando tres reformas que compiten por el mismo tiempo escaso. En cambio, si uno se toma el momento de leerlas juntas, aparece algo distinto: las tres apuntan, desde lugares diferentes, a una misma idea.
Esa idea es sencilla de enunciar y exigente de vivir: la escuela no es solo un lugar donde se pasa materia, sino una comunidad que cuida, y ese cuidado es la condición para que se pueda aprender.
La ley de convivencia lo dice de frente, al poner el bienestar y el buen trato en el centro. La del celular protege algo que estábamos perdiendo sin darnos cuenta: la atención, el encuentro, la conversación en el recreo. Y la del movimiento recuerda que el cuerpo, el juego y el aire también educan, y que un niño que se mueve aprende mejor. Convivir bien, estar presentes unos con otros, habitar el cuerpo: tres caras de una misma manera de entender la escuela.
Mirado así, el cambio deja de ser una suma de obligaciones y se vuelve una sola pregunta, mucho más interesante: ¿qué tipo de escuela queremos ser, y cómo nos ayudan estas tres leyes a construirla? La respuesta no cabe en tres planes distintos; cabe en un solo proceso, conducido por un mismo equipo y con una misma mirada.
Hay, además, un desplazamiento silencioso que atraviesa a las tres: el cuidado deja de ser responsabilidad de una sola persona —el encargado, el inspector, «el que ve esos temas»— y pasa a ser tarea de toda la comunidad. El profesor jefe que conoce a su curso, el asistente que lee el patio, el estudiante que acompaña a un compañero, la familia que sostiene desde la casa: cada uno cuida el pedazo de escuela que tiene más cerca. Nadie puede cuidar los vínculos por los demás; se cuidan entre todos.
Nada de esto ocurre por decreto ni de un día para otro. Un reglamento se reescribe en una tarde; una manera de convivir tarda en volverse costumbre. Habrá resistencias, ensayos y errores, y un tiempo en que las cosas parezcan ir peor antes de ir mejor. Pero ese es, exactamente, el trabajo que transforma una reforma legal en una escuela distinta.
Por eso vale la pena resistir la tentación de agregar y animarse, en cambio, a integrar. Tres leyes, un solo cambio: cuidar mejor a las comunidades que educan, para que en ellas se pueda, de verdad, aprender.