En la ciudad de Puerto Montt, y con la participación de autoridades regionales de educación, del Servicio Local de Educación Pública (SLEP) de Llanquihue y del equipo de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, se realizó la jornada de coordinación inicial del proyecto “A Convivir se Aprende”, una iniciativa que durante los próximos dos años acompañará a establecimientos educacionales de las comunas de Puerto Varas y Frutillar. El encuentro fue encabezado por el SEREMI de Educación, Dalmiro Yáñez , y la directora del SLEP Llanquihue, Claudia Trillo, con el propósito de establecer una coordinación inicial entre la universidad y las autoridades, previa al inicio del proyecto.
El comienzo de este trabajo coincide con un momento singular para el sistema escolar chileno. En poco más de un año han entrado en vigencia leyes que tocan el corazón de la vida cotidiana de las comunidades educativas: la convivencia, el buen trato y el bienestar; el uso responsable de los dispositivos móviles; y la promoción del movimiento y la actividad física a lo largo de la jornada. Leídas por separado, parecen tres exigencias distintas que se suman a una agenda ya cargada. Leídas juntas, revelan algo más profundo: un mismo cambio de mirada sobre qué es la convivencia y para qué sirve.
Las tres leyes no rigen al mismo tiempo: la Ley N.º 21.809 y la Ley N.º 21.801 ya son exigibles; la Ley N.º 21.778 comienza a operar, como regla general, en el año escolar 2027 y de forma gradual.
No basta con que las escuelas hagan propias las tres leyes —comprender qué exige cada una y ajustar sus normativas internas—: el desafío es que les den vida en sus prácticas cotidianas, con sentido, tomando en cuenta su contexto y su propia realidad.
Durante décadas, la convivencia se entendió sobre todo como disciplina: reglamentos, protocolos y sanciones para reaccionar cuando algo salía mal. Ese orden sigue siendo necesario, pero deja de ser el centro. El nuevo marco normativo nos invita a comprender la convivencia como una condición institucional para el bienestar: el conjunto de relaciones, tiempos y espacios que hace posible que en una escuela se pueda aprender, cuidar y crecer. No es casual que ya no hablemos de “convivencia escolar”, sino de convivencia educativa: convivir es, en sí mismo, parte de educar, y el modo en que nos tratamos condiciona lo que es posible aprender.
Ahí reside el verdadero desafío, porque una ley se publica en un día; una cultura escolar cambia en años. Entre la fecha de vigencia y la transformación real de las prácticas hay una distancia que muchas comunidades conocen bien: la que separa lo que la norma ordena de lo que efectivamente ocurre en las salas, los pasillos y los patios. Recorrer esa distancia exige más que redactar protocolos. Exige un diagnóstico honesto, prioridades realistas, un liderazgo capaz de sostener el cambio cuando aparece la resistencia y rutinas nuevas que se instalen hasta volverse parte del modo de ser de la escuela.
Mirar la convivencia con nuevos ojos —con una mirada formativa antes que punitiva— es una tarea que ningún establecimiento puede recorrer en solitario. Por eso “A Convivir se Aprende” se propone como un trabajo genuinamente colaborativo, que compromete a la universidad, a las autoridades de la región y a las escuelas en un mismo esfuerzo. La convivencia deja de ser responsabilidad de una sola persona para convertirse en una tarea compartida por toda la comunidad educativa: equipos directivos, docentes, asistentes de la educación, estudiantes y familias.
Este proyecto implica una labor sostenida del equipo de académicos de la Facultad de Educación y Humanidades de la UNAB, que durante dos años acompañará a los establecimientos de Puerto Varas y Frutillar en la implementación de este cambio, con una mirada reflexiva, situada y respetuosa de la realidad de cada comunidad. No se trata de “bajar” un modelo, sino de construir, junto a cada escuela, las condiciones para que la buena convivencia sea una práctica cotidiana y no solo una declaración de buenas intenciones.
Iniciamos este trabajo con optimismo y, al mismo tiempo, con los pies en la tierra. Sabemos que muchas escuelas todavía están lejos de poder asumir plenamente una mirada formativa y restaurativa de la convivencia, y que el cambio se juega en lo concreto, a la medida de cada comunidad. Pero también creemos, con firmeza, en lo que este nuevo marco quiere instalar. La escuela no es un lugar más: es muchas veces el sitio donde niños, niñas y jóvenes encuentran la voz de un adulto que los guía y una comunidad que cuida los vínculos.
A eso invita “A Convivir se Aprende”: a cerrar las carpetas separadas y abrir una sola, más grande, cuyo título no es “convivencia, celulares y movimiento”, sino simplemente la convivencia que queremos construir, juntos. Durante los próximos dos años, la Universidad Andrés Bello, las autoridades de la región y las escuelas de Puerto Varas y Frutillar trabajarán en esa dirección, convencidos de que a convivir, efectivamente, se aprende.
La reunión de inicio, realizada en Puerto Montt, reunió a representantes de las instituciones que serán protagonistas de este trabajo conjunto:
La presencia de las autoridades regionales, del Servicio Local y del equipo universitario en una misma mesa expresa con claridad el sentido del proyecto: nadie se hace cargo solo de un cambio de esta envergadura.