Renovar un modelo de prácticas profesionales no consiste solamente en ajustar procedimientos. Significa volver a preguntarnos qué profesores queremos formar, cómo deben aprender a enseñar y qué relación queremos construir con las escuelas que los reciben.
Con ese propósito, la Facultad de Educación y Humanidades ha iniciado un proceso de reflexión y co-construcción que reúne a toda nuestra comunidad académica. Durante tres días, profesores, supervisores, equipos directivos y representantes de distintas áreas han compartido experiencias, identificado desafíos y discutido las bases del nuevo modelo.
El proceso fue inaugurado por nuestra decana, Erika Castillo, y liderado por Daniela Maturana, directora de la Escuela de Formación Docente. Contamos, además, con el valioso apoyo de dos académicas australianas: Michele Simons, decana de la Facultad de Educación, y Stacey Quince, directora del Centro de Innovación en Formación Docente de la Universidad de Western Sydney. Sus experiencias nos permitieron conocer otras maneras de organizar las prácticas, acompañar a los futuros profesores y construir relaciones sostenidas entre universidad y escuela.
Una de las principales conclusiones de estas jornadas es que las prácticas no pueden entenderse únicamente como el momento en que enviamos estudiantes a un establecimiento. Son uno de los espacios más importantes de encuentro entre la universidad y el sistema escolar. Allí los futuros profesores ponen en juego lo aprendido, mientras las escuelas aportan su experiencia y su conocimiento cotidiano sobre la enseñanza.
Por eso, una práctica profesional de calidad requiere una relación de ida y vuelta. La universidad debe contribuir al desarrollo de las escuelas, apoyando a sus profesores guía, compartiendo conocimientos y respondiendo a necesidades reales. Al mismo tiempo, la experiencia de las escuelas debe regresar a la universidad y ayudarnos a mejorar nuestras asignaturas, evaluaciones y procesos formativos.
Cuando ambas instituciones aprenden y cambian gracias a esta relación, las escuelas dejan de ser simples centros de práctica y se convierten en verdaderos socios formativos.
Para el área de Educación Continua, estas jornadas han sido especialmente relevantes. Nos han permitido comprender con mayor claridad el papel que debemos cumplir dentro de este proceso: contribuir a la formación y al desarrollo permanente de quienes acompañan a los estudiantes, tanto los supervisores universitarios como los profesores tutores o guías de las escuelas.
Su formación no es una tarea secundaria. De la calidad de su acompañamiento dependen la observación de la práctica, la retroalimentación, la evaluación y buena parte del aprendizaje profesional de los futuros profesores. Nuestro desafío es ofrecerles herramientas comunes, fortalecer sus capacidades y crear espacios en los que puedan aprender también unos de otros.
Esta mirada nos invita a asumir una lógica de responsabilidad compartida. Formar buenos profesores no es una tarea exclusiva de la universidad ni de las escuelas. Es un esfuerzo conjunto, en el que estudiantes, académicos, supervisores, tutores y comunidades educativas cumplen funciones diferentes, pero igualmente necesarias.
Estos tres días de reflexión representan un primer paso. El desafío que comienza ahora es transformar lo conversado en acuerdos, responsabilidades y acciones concretas, capaces de sostener un modelo sentido como propio por toda nuestra comunidad.
Porque renovar nuestras prácticas significa, finalmente, aprender a formar profesores junto con las escuelas y no simplemente dentro de ellas.